Desde que se levantaba hasta que llegaba a casa, algunas veces cuando de nuevo ya empezaba a oscurecer, vivía permanentemente pendiente del reloj, porque su vida se dividía en segundos, concentrada en tareas continuas que se iban superponiendo unas a otras a un ritmo frenético. Las horas iban pasando entre llamadas urgentes, consultas, reuniones interminables, visitas a clientes, correos, informes, pedidos que tenía que cerrar y reuniones de trabajo en la empresa. Su manera de ir salvando los días era pensar que llegaría el fin de semana y que el agobio dejaría paso a la tranquilidad. Y así era, durante el fin de semana el teléfono casi enmudecía y todo se rodeaba de una quietud tan diferente al resto de la semana, como si fijara una pesada ancla en un mar en calma. Era como el blanco y negro de su vida, los dos polos por los que discurría su existencia. Sólo alguna vez sonaba el teléfono de la sala y la voz de su amiga de siempre le devolvía al mundo real. ¿Qué tal va el fin de semana?
Va estupendo, tengo la casa entera para mí y ninguna ocupación
¿Te apetece salir mañana?, ya sabes, es sábado, podemos picar algo y tomar luego una copa por ahí, hace tiempo que no charlamos con calma
No, no me apetece
¡Mujer, te vas a apolillar metida en esas cuatro paredes!
¡Que va ¡ si me muevo bastante de la cama al sofá, pasando de vez en cuando por la cocina
Si, pero es bueno cambiar de ambiente, ya sabes, moverse un poco, conocer gente interesante, bailar… yo que sé; bueno, al menos eso es lo que hacen las personas normales
¿Y qué es ser una persona normal?





















